martes, 24 de abril de 2012

A mi río en otoño


Ahora vos huí
 Del agite veraniego
¡Momento, tu recreo!
Feliz,  reposá.

Compartí, Río
Interactúa
Con cada piar
Con el perro
 Que se acerca a beber
Con los caminitos linderos
Crocantes
Amarillos
 ¿Ves que despelucha el álamo que
Al revés del hombre
Se desnuda
Para entregarse al frio?

Te liberamos
Hasta el verde renacer
 Te respetamos
 ¡Respirá!
Hacé la tuya, Río
No te entregues al pueblo ya
¿Ves que él igual disfruta
Espiándote al costado
(Entre mates
Ramas secas
Entre todo lo dorado)?


Ponte cómodo
El sol sabe bien acariciarte

(Tibieza, luz te da)

Fuerza calma
Entregate a los patos y
Dale espejo a la garza
Mirala despegar
¡Fascinate!
Hazte del sol
Para el retrato más puro.

Haz de cuenta que no estamos
Los espías hedonistas
 Del tronco seco
Deslizando por tu cuerpo
De "planchita" al charco eterno…

Ni siquiera mires, Río
Al hombre y su caña
Pescando paz
Que te siente
(Respira mejor)
Y se aleja del lunes
Aunque ya te extraña

Escuchá, Río de otoño
Sólo tu ruido de agua
Descubrí el egoísmo
Apropiate de vos, por un rato
Que al próximo calor
Serás del resto.

Cerrá los ojos, suavemente
Río bordado (hilos de oro)
El astro se aleja
La noche se aproxima
De fierro, de viento
El frio
 Te eriza
Te apaga
.

Tal vez
Las flores te despierten
Después de lo azul
Desayuno: abrazos verdes
Tal vez
Te amanezcas, Río
Con el grandioso regalo
Con la noticia que dice
¡El pueblo accionó!
Venció al infecto/silencio
 Y se sabe del muchacho, al fin.


Fotografía: Noelia Trama


miércoles, 11 de abril de 2012

Peine

“La experiencia es un peine que te
da la vida cuando te quedás pelado”
Ringo Bonavena



Disculpe Susana si nunca exploté. Siempre, se lo juro, fue por el peine.
Cada vez que se venía el estallido desaparecía el peine. Usted sabe o sospechó de mi pelo intratable. Luché toda mi vida, Susana. Ni la propia gravedad supo controlarlo.
La gomina ayudaba, claro, pero necesitaba como sea pasarme el peine.  Cada vez que se venía mi canto, que la expulsión estaba latente, desaparecía el peine. Disculpe Susana.
Una vez, recuerdo, el nudo de mi garganta se destrabó fácil. Increíblemente eran mías las palabras que fluían así tan expresivas, poéticas y sinceras. Yo era el dueño de tan acordes palabras.  Resbalaban, Susana. Iban livianas, agiles, pero no vacías. Corrían con contenido, con fuerte y pesado sentir. Las de esa vez eran las palabras que siempre quise decirle Susana.
Esa fue la vez de más confianza. La de mayor coraje. Tanto que el miedo quedó casi asfixiado. Ahorcado, ahí, de rodillas ante mí. Recuerdo que en un santiamén y sin tijeras coseché todas las margaritas del jardín de mi madre. Me perfumé desesperado y lleno de ilusión. La gomina ya estaba desparramada por toda la cabellera Susana. El pelo casi rendido ante mi decisión. Mansito. Nunca tan dócil, entregado, como esa vez. Pero el peine no estaba Susana…en ningún lado…no estaba… tampoco en el cuarto de mi abuela. No estaba, el peine no estaba.

Perdón por estas lágrimas. Perdón por este viejo pañuelo, no me esperaba este desconsuelo Susana.

… experiencia. Entonces compré tres peines, un paquete con tres. Por si alguna vez retornaba esa divina inspiración, esas dicciones perfectas.
No tardó en volver. Pues esta vez el factor perturbador estaba controlado Susana ¡Imagínese que contaba con tres peines! Seguramente que las palabras eran más toscas que aquella vez, pero, supongo yo, que hubieran salido sinceras. Más prácticas que bellas. Estaba relajado esta vez, hasta jugué frente al espejo, coqueteé con el grosor, con los dientes de cada peine:
 Esta vez usted no pasó por la vereda. Fue cuando su sarampión.
Si hay próxima vez, traeré un nuevo pañuelo. Vendré seguramente mejor escudado ante el dolor.
Lo más doloroso fue cuando corrí hasta la Iglesia –como en las telenovelas- dispuesto a interrumpir su casamiento. Lo hacía por su felicidad Susana. ¿Cuánto más importante era su felicidad que la de sus padres Susana? ¿Cuánto más valiosa era que las propiedades y las tierras del ingeniero? ¿Cuánto más que un apellido? Por eso es que corrí como nunca Susana, pero el viento… Fui apresurado y sin peine Susana. El soplo era tremendo y no podía yo salvar su felicidad con mi cabello rozando los pájaros. Hasta usted Susana me hubiera visto como un ridículo con pretensiones de  héroe.
Disculpe por este pañuelo gastado Susana, por mis lágrimas también.
Disculpe si le falto el respeto, y disculpe si la respeté demasiado.
Disculpe por acercarme aquí, hasta su tumba. Lo que siempre quise hacer es decirle que la amaba. Que la amo…  ¡que te amo Susana! Con estas ganas de estar muerto, te amo.
Disculpe si la tuteo, disculpe si no me saco el sombrero. 


miércoles, 15 de febrero de 2012

Su fútbol

El pibito volvía con la camiseta al hombro, frente transpirada, todavía excitado por la pimienta del partido.

Picó el fútbol un par de veces, se lo calzó bajo el sobaco. Un gajo de cuerina desprendida le raspó el cuerpo.

Se pasó saliva por el raspón. Miró la pelota de igual forma que un manager mira a su boxeador: Una esperanza iba en su sangre. Ya dos de los últimos tres gajos se estaban exiliando.

La siguió picando. Le costó aceptar que su fútbol se estaba jubilando, que había perdido peso,  que ya pasaban a encasillarla entre el resto de los “globos”.

Pero eso sí, el pibito no se entregó del todo a la amargura. Ahí nomás, mientras picaba la pelota gastada, supo qué pediría para la próxima navidad.



domingo, 5 de febrero de 2012

Al señor Gordo

Aquí le escribo señor Gordo.
Dueño de la fundación de arriba.
¿Qué no piensa usted aterrizar?
Bah! Qué fundación ni fundación.
Usted está lucrando con la academia de danzas, señor.
Aquí le escribo señor Gordo.
Ricachón y mentiroso.
Para contarle que lo tengo atragantado.
Que me está sucediendo como a Cortázar
En la Carta a una señorita en París.
Pero lo mío… no son conejos
Ojalá lo fueran, así tan pomposos.
¡Estoy vomitando bailarines de reggetón!
Los expulso desde adentro
Y ellos salen, así, tan histéricos
Me zapatean la cabeza.
Y me destrozan la paz.
Vomito a los profesores también, no lo puedo controlar.
Vomito a su hija, “la profe”
Que se puso un buen negocio camuflado de fundación.
Aquí le escribo señor Gordo, irrespetuoso, ilegal
Para contarle de mis nauseas
Y que estoy acumulando bailarines
Los agarro de las orejas
Los encierro en la biblioteca,
Los alimento y los tranquilizo con sedantes
Para que tengan energías
Para el día en que usted, señor Gordo,  se digne a aterrizar
Para el día en que yo –encantado- pueda ponerlos en su cabeza
“Bailarines: ¡a perrear!”
Aquí le escribo señor Gordo
Para contarle que no puedo parar de vomitar
Aunque hay algo que no puedo expulsar:
Es a usted, señor Gordo, que lo tengo atragantado.


martes, 17 de enero de 2012

A mi rio en verano

No por egoísmo

No sé porqué

Sos mío.

Soy tuyo, rio

Fuerza y paz

Imán

Rey.



Al primer calor

Nos reunís

En tus costillas.

Abrazás

Nos adherís

Solidario

Te brindas al pueblo.



Una isla

¿Ofrecida?

Exclusiva por allá

No sé porqué

Burbuja de los lindos

Lanchudos

Los que ostentan

Son más que los que no.



Maldonado por ahí

Detrás del puente

Gigantes sauces que te andan llorando

Y los niños renacuajos

Se hacen del agua.



En la pobrecita

Rio, se te escapa un hijo

Bracito,

Del mangrullo

Los mejores clavados.

Las mallas no son

De Gabriela G

Pero igual se hunden

Se mojan y se secan, igual

Felices

Exprimen tus virtudes

Apaciguan sus calores

Querido rio.



Vieja bajada de lanchas

Contra la corriente

Ojotas gastadas y parchadas

Y el cauce

De a poquito

Que se abre

A las modernas hawaianas

Relojeando costa de césped

Con sauces maricones

Hasta playa de piedras

De los del medio

Jóvenes

Fanáticos

De cruzar el puentecito

Barandas de zanahoria

Amantes del islote

Del bronceado

Las bikinis (los pibes)

De los músculos bien puestos (ellas)



Y un cacho más allá

La corriente va depositando

Treintonas, cuarentonas, cincuentonas

Respectivamente

Aunque se filtra

Claro que si

Algún matrimonio fresco

De hijos con salvavidas

Entregados por papá Noel



Hasta que cerca

De los álamos plateados

Nueva bajada

Caen las pick ups

Robustas

Arrastrando

Bonitas naves del agua

De los solitarios empresarios

De perfil bajo

Que llegan a buscar paz

Y de los otros

Que gustan de ser mirados

Casi hasta llegar

A la Islilla

De los no negros



Y allá en la villa, rio mío

Detrás de la arbolada

En la Unión

El niño

(Que ya pasó por debajo del puentecito)

Vuelve a tus brazos

Haciendo posible el islote

¿Cómo no escaparle a los techos de chapas?

Si vos estás ahí, al frente

Seductor

Protector.



Rio

Refrescás

Rio

Alegrás

¡Iluminás, iluminás mi pueblo!



Y te vas al mar…



Los que migraron

Te extrañan

Desesperados.



Los que están son tuyos, rio

Son rio

Y no te quieren dejar.





miércoles, 11 de enero de 2012

Manifestación subrepticia

Aquí me vengo a quejar ¡de una vez por todas! Es que siempre me la banque, mudito, pues, después de todo, esas pelotudeces que inventaban los imbéciles padres de niños que (¡pobres!) serán imbéciles también; esas formas de demonizarme, como si yo hubiera cometido miles de delitos, como si los niños fueran mi festín, como decía, después de todo, esas estupideces me dieron una identidad, una vida social. No la real, no la que yo quería, pero por lo menos yo estaba en el mapa. Yo era alguien. Casi un munstro, si. Pero alguien en fin.

Por eso me quedaba calladito. Más que rajar unas puteaditas… calenturas del momento… yo me bancaba mi rol en la orquesta, me bancaba el prejuicio estúpido que todos tenían sobre mí. Me etiquetaron, hijos de puta, por el sólo hecho de llevar en mi hombro una bolsa que no era transparente. Tuvieron un imaginario malaleche. Lejos de pensar que ahí llevaba un abrigo o un cacho de pan, llegaron a decir hasta la grandísima barbaridad de que conservaba un hueso de cada niño que había ingerido. Como si los niños tuvieran buen sabor…

Nunca al verme contemplaron un alma, como la de todos.

Claro, de eso nunca me quejé. Tuve esa paciencia… que se alimentaba del reconocimiento, obvio. Del algo es algo. De decir “bue… demonio y todo, por lo menos existo”.

Pero hoy, recién hoy, estallo. ¿Y a causa de qué? Con toda la bronca que acumulé en mis años de mayor protagonismo ¿Por qué recién hoy vengo a explotar?

Y es por esto: se han olvidado de mi existencia. Me han desaparecido. Las nuevas tecnologías me borraron. Los niños siguen sin dormir la siesta, pero hoy no se revelan como antaño. No se escapan a la calle tras el almuerzo. Hoy se quedan frente al computador, donde no hay cucos. Horas y horas sin jugar con el corazón. Y yo que no existo, que desaparecí. Y estoy pensando seriamente en reinventarme, convertirme en un temible virus invasor de las redes sociales y de los juegos en red.

Porque yo, el “malvado” viejo de la bolsa, desaparecí, así como las bolitas o las escondidas.


martes, 13 de diciembre de 2011

Con vos

Si las ciudades más agitadas pudieran despertarse donde yo mis mejores mañanas, estampadas en tus pecho/tus mimos; Rio de Janeiro, Tokio, Ciudad de México, todas, amanecerían/vivirían en plena calma.

Si África pudiera aunque sea un solo alba imprimirse en tu nube, el mundo ya sería algo más justo acaso.

Si los amarillos pudieran amanecer de cucharita con vos, pues más chinitos aún serían.

Si Europa, los yanquis y todos estos siglos bélicos recibieran el día abrazándote como yo, no tengo dudas mi amor al imaginar el mundo/su historia en paz.

Y Latinoamérica que abre los ojos una mañanita de verano y se topa con los tuyos, que son de amor, y –qué dudas hay- ya es un poco más digna que ayer, y se une y crece un pelito más y tiene alegría.

Y todos nos vamos hasta el sol, con vos. 


jueves, 1 de diciembre de 2011

Es lotería

Es lotería, lo del bondi es lotería. Supuestamente pasa uno a las siete y media y el otro recién a las ocho. Pero… ¡qué mierda! Yo ya no se cuál es cuál. Uno no puede confiarse, son un desastre estos de la Tamse. Por eso, yo por las dudas estoy siempre firme, ahí en la parada, afeitadito y bien peinado, a las siete y veinte.
Es que si llego tarde me descuentan. Porque son culiados eh, son culiados. Ellos que son los dueños, que ponen la guita y se rascan, nos descuentan a nosotros, a los trabajadores, los obreros, los que realmente le levantamos el edificio. Y ellos nomás esperan, con las patas arriba del escritorio, fresquitos, en su oficina. 
Después, cuando le dejamos el edificio hecho un chiche, ponen un cartel. “Se alquila”. Y esperan. Fresquitos, mirando tele a veces, esperan a que suene el teléfono. ¡Ring Ring! Y listo. En unos días ya empiezan a facturar, sin moverse.
Y son ellos mismos, desgraciados,  los que hablan de los vagos. Resulta que mi señora es una vaga ahora. Porque según ellos, las ayudas políticas son para fomentar vagancia. Si supieran cuánto labura mi señora, si supieran que no para. Gracias a esa platita, que no es mucha, podemos mandar bien a los tres chicos a la escuela. Y no es que van espléndidos, pero, por lo menos, tienen unas zapatillas que les duran todo el año, tienen útiles. Si supieran estos avarientos. Cuando yo era pibe me sacaba las alpargatas para jugar en el recreo.
El R va al mango, como siempre.  El otro día atropellaron una piba de quince, después volcó otro en pleno centro ¡Qué bárbaro! Se le desprendió el tren trasero, no se qué. Y este animal… mirá, mirá la velocidad que lleva. Pero ni le calienta, si total… cobran como doctores. Ni el “buen día” te devuelven. ¡Y tan baratito que está el cospel!
El más grande mío vino dos veces hasta Nueva Córdoba. Una vez para pedirme plata, la otra para alcanzarme las zapatillas. Pasó que me enganché una bota con un fierro, y se me desprendió la suela. Entonces mi pibe me trajo el calzado de repuesto. Y nunca más quiso venir para esta zona, nunca más.  Las dos veces que vino lo pararon los cobanis.
Claro, lo vieron morochito, pobre mi negro. Mirá si no son desgraciados. El Negro es más bueno que el pan, lo adoran sus amigos, las profesoras, todos. Pero claro, a alguna vieja ricachona le habrá molestado ver a un pibe de barrio, con la gorrita, con su estilo. Y ahí nomás saltan estos azules, culiados, como si hubieran nacido en un country. Ahí nomás saltan a maltratar a los pibes. Les hacen pasar vergüenza, los tratan como delincuentes.  Así, porque sí nomás. Por caminar, por vestirse diferente nomás.
Está congestionado el centro, pero creo que llego a tiempo, tranquilo. Menos mal que soy de los primeros en subir y siempre agarro asiento, porque si no… Mirá, mirá pobre gente como viaja parada, toda apelmazada. Como si pagaran poco por el boleto. El chofer ni compasión tiene, acelera a mil y de golpe frena. La gente hace equilibrio, ya acostumbrada, como si fuera algo normal.
¿Cuándo será el día, digo yo, que se pueda viajar como debe ser? ¿Cuándo la calidad del transporte va a ser proporcional a lo que cuesta? Yo estoy pensando seriamente en hacer como la mayoría de los muchachos. Ni bien pueda ahorrar unos pesitos más, me compro una motito. Porque es lotería… Lo del bondi, es lotería.


miércoles, 23 de noviembre de 2011

Cortitas y (prácticamente) verídicas I

Agradecido
Terminó el escritor Mempo Giardinelli de dar una hermosa conferencia sobre la lengua, la lectura y su enseñanza.
Algunos cholulos lectores fuimos tímidos a pedir que nos firme un libro. Le dejamos algún que otro agradecimiento, algún aliento.
Vino un hombre encargado de la limpieza del salón y le dijo soy un privilegiado de trabajar acá, fue un gusto escucharlo señor. Mempo agradeció con una sonrisa y una palmada en la espalda.
Sospecho que la situación le disparó a Giardinelli pensamientos que en su rostro dibujaron una mueca gozosa. Inspiración tal vez, para escribir algo lindo esa noche.


Alcanzame
En Nueva Córdoba, ahí, donde van a parar masas de estudiantes provincianos y del interior de Córdoba,  los sojeros se cansan de invertir. Se levantan edificios a más no poder. Las cloacas se amoldan como pueden, un día de estos van a estallar.
En una construcción, un obrero gritó desde los pisos altos ¡Eyyy! El de abajo no le respondía.
-¡Eeeyyy!!-
-¿¡Qué pasa che!?– Por fin respondió (con grito retribuido) el  de abajo.
- ¡Alcanzame el cómsiiama!-
- Ahí va…
El de abajo agarró la soga con el gancho, enganchó y - con ayuda de poleas- le fue subiendo el cómo se llama.



El poder de la publicidad
Allá por 1992, en algún recreo del preescolar, Agustín y Francisco, se desafiaron a una luchita.
Agustín era flaquito, de estatura media. Eso le bastaba para creerse más poderoso que Francisco, que era el primero en la fila de la bandera.
Se desató el combate. Cada intento de Agustín por derribar al chiquitito quedaba neutralizado. Y de golpe, ¡pum! Una toma maestra y Agustín quedó volteado. Se incorporó,  incrédulo, casi sorprendido, con ánimos de revancha. El enano lo volvió a voltear.
Se rindió el más alto. Reconoció la derrota.
- Qué fuerza que tenés…-
Francisco respondió:
- ¡Y…! ¡Porque como Zucaritas…! -

Fotografía de Eric Daiann Sosa Carrizo

domingo, 20 de noviembre de 2011

De pensar

Se amaban. Se conocían. Se conocían enteros, desnudos, de ropas y pensamientos. Por dentro y por fuera. Por el tiempo. Se veían por debajo de los ojos. También los ojos. Se comían los ojos. Se codiciaban las pieles, suaves. Se respiraban.
Él la sabía casi completa, así tan dulce, tan sensible, tan lectora. Ella lo entendía, así tan tierno, tan tosco y fanático de Boca.  
En el sillón de cuero miraban películas. Se abrazaban, se protegían. En la casa de ella todos dormían, menos ellos. Se abrazaban, se acariciaban las manos, se cuidaban. Comían golosinas. Se miraban, sonreían, se morían de amor y se besaban. Miraban la tele, se concentraban en la trama. Se comentaban despacito. Se querían.
Se distraían, se desconcentraban, se aburrían de Hollywood. Entonces, se reparaban y se chapaban. Se tocaban. Se comían los cuellos. Las orejas. Se cuidaban de no hacer ruido. Se hacían fuego. Se manoseaban. Se deseaban. Sin darse cuenta, transpiraban. Se soñaban desnudos. Se mojaban.
Sus braguetas estaban en la cornisa. Eran bestias más que humanos. Más instinto que lenguaje. Como podía se contenía ella. Él no tanto, su pantalón delataba firmeza.
Se encendió la luz del cuarto del fondo. Era don Carlos que venía a tomar su vasito de agua.
A velocidad única se acomodaron las ropas y los peinados. Lo que no se disimulaba era lo rígido a la altura de los bolsillos.
Entoncés ella, casi desesperada, le dijo pensá en el flaco Schiavi.

lunes, 31 de octubre de 2011

Corría Pedrito, corría

Se alarmó Pedrito Ramírez. El miedo, el malestar de siempre. Desde que escuchó a su madre renegar anoche, insultar a ese reverendo hijo de puta, que seguro anda con otra, con alguna atorranta, seguro, ese desgraciado, seguro que vuelve mamado y me caga a palos el imbécil; desde que escucho eso, Pedrito ya presintió que lo horrible llegaría una vez más.
Cuando su padre retornó pasado el mediodía, notificándose con un portazo, él estaba en la habitación haciendo los deberes de matemáticas. Al primer grito Pedro puso la oreja en la puerta, casi instintivamente. No le gustaba escuchar eso, pero había una especie de fuerza que no podía manejar y que lo llevaba siempre hasta la puerta. Los ojos de inmediato se le mojaron. Sintió que le zapateaban en el pecho. La angustia se materializaba, parecía de una sustancia bien sólida, dura, atravesada en su garganta.
Transpiraba Pedrito, se abanicaba con la escuadra de plástico transparente. No era por el calor machacador. Se tiraba aire para respirar, para combatir el miedo.
Las siestas de Noviembre son ásperas en el pueblito de Darwin. El sol ataca las chapas sin piedad. Aunque el rio Negro le esquiva al poblado apenas por pocos kilómetros, lo verde queda únicamente arraigado a la costa. El paisaje de Darwin es seco, la vegetación que lo rodea es baja y espinosa. Es árido Darwin. Cuando llega viento desde el norte, los días se hacen insoportables, feos hasta para salir a jugar.
Por eso, por el viento norte, es que -recién comenzada la siesta- Pedrito Ramírez estaba en su casa haciendo la tarea. No es por el viejo de la bolsa, ni nada de eso. Pedrito, con sus nueve años, era un niño maduro y observador. Ya no creía en esas cosas. Ya no podían infiltrarle esos miedos de buenos padres que duermen tranquilos la siesta. Él estaba en su casa (y no jugando afuera) sólo por el viento.
¿Ves que sos puta? ¡Puta de mierda! escuchó Pedro, sin querer hacerlo. Oía detrás de la puerta sin saber porqué. No podía manejar su cuerpo. Siempre que comenzaban los gritos, se acurrucaba contra la puerta.
Lloraba mucho Pedro esta vez. Tenía muchísimo miedo. Sin hacer ruido, lloraba.
Cada vez que su padre volvía del bar (o vaya uno a saber de dónde) estallaban los gritos. Volvía borracho Ramírez padre,  lo hacía con violencia. Llegaba un tipo diferente a ese señor callado y serio que era el Ramírez sobrio. Últimamente llegaba agresivo casi todos los días. Caminando torcido, con el cuello medio ladeado. En sus manos había una guerra de fuerzas. Una que lo retenía, pero la otra que le cerraba con fibra los puños. Eran puras ganas de golpear. A la vez, ganas de controlarse, de no golpear.
Pedrito Ramírez sintió a su padre gritar ¡puta! mirá que puta que sos, mirá cómo mostrás las tetas ¿por qué te ponés esa remera? ¡Puta! Y escuchó a su madre responder ¡No tengo otra ropa! ¿Qué querés que me ponga? ¿No ves el calor que hace? ¿De dónde venís vos? ¿Dónde estuviste? ¿Con quién estuviste? ¡Contestame hijo de puta! ¡Contestame!
Ramírez golpeó la mesa. Desde el cuarto Pedrito oyó el chillido de la mesa y el arrastrón de algunas sillas. ¡Vení para acá puta! Vení, dijo el padre con los dientes apretados, masticando ira. ¡No, nooo!, escuchó Pedro la exclamación de su madre y se tapó las orejas lo más fuerte que pudo. ¡Por favor, nooo! suplicaba con llanto su madre. El alarido penetraba las manos de Pedrito y llegaba a sus oídos. El corazón le retumbaba desesperado, temblaba, las lágrimas no dejaban de caerle. Sentía que se moría. Eso sentía Pedrito Ramírez. Que se estaba por morir.
El horrendo miedo que tenía lo dejaba inmóvil. No podía reaccionar, Pedrito, escabullido detrás de la puerta, hasta que percibió un grito en llanto de su mamá.  Un ¡Nooo! tremendo, de un dolor desmedido. Hasta que escuchó eso Pedrito Ramírez. Escuchó eso y de una vez por todas pudo moverse, reaccionar.
Abrió la puerta de su pieza y no quiso ni mirar a sus padres. Sólo salió corriendo de su casa, sin siquiera cerrar la puerta. Fue como un estallido interno. Salió veloz, sin saber hacia dónde.
Mientras corría con los ojos casi cerrados lidiando contra las lágrimas y el viento, no quería pensar en nada pero, a la vez, pensaba en todo. Pensaba mientras corría, Pedrito Ramírez. Pensaba si decirles a sus hermanos mayores (que estaban en el colegio) que la pesadilla se había desatado otra vez. Se le ocurría también, aunque no quería cavilar, ir hasta la casa de González. Sabía que González, el de la vuelta, era policía.  Corría Pedrito, corría. ¿Y si le cuento a la tía? ¿Si me voy a hasta lo de la tía y le cuento que papá está cagando a palos a mamá? No, basta, basta. No está pasando nada, no está pasando nada, se decía el niño a sí mismo mientras corría. Y lloraba, seguía con miedo, corriendo entre el viento, a la par de las vías ya.
Para no pensar, corría al costado de las vías. No sabía hasta dónde iría. Huía de ese infierno, lloraba. Corría porque no sabía de qué otra forma escapar de esa violencia. No quería volver a sentir que se estaba por morir. El viento caliente era insoportable. Pero Pedrito, con tanto miedo, ni pensaba en el viento, sólo corría con los ojos achinados para escudarlos de la tierra. Corría Pedrito Ramírez, se alejaba ya del pueblo.

Foto de Flor Agostinelli

viernes, 14 de octubre de 2011

Juanita

Tres porrazos de Juanita bastaron para que su padre vuelva  a ponerle las rueditas de soporte a la bicicleta.

Y así fue que, antes de aprender a circular sin rueditas,  Juanita aprendió a usar la llave francesa.


miércoles, 12 de octubre de 2011

12 de Octubre

Si tu Dios existiera y decidiera sobre el mundo, no existirían tus Iglesias cómplices de los sucesos más detestables y sangrientos de la humanidad.
¿Esa mano invisible no será la del poder? Se impuso en las colonias a fuerza de armas, respaldó fascismos y dictaduras, y cuántas asquerosidades más. Siempre aniquiló para sostener los privilegios de unos pocos a cuestas del hambre y la pobreza de los pueblos.
De ahí nacen las peores desigualdades, las intolerancias, las censuras. De ahí nace tu sucia “caridad”. ¿No sería mejor vivir sin caridad? La caridad existe porque hay un rico para dejarle las sobras a un pobre, existe por tu culpa, por el orden que sostenés y defendés con lavados de cerebro y violencia.   
Por ahora no me pasa, pero si necesitara creer y refugiarme en algo, si necesitara tener fé, en todo caso elegiría creer en lo previo al genocidio de nuestras pretéritas culturas, en el Inti y la Pachamama por ejemplo, que por lo menos puedo verlos, respirarlos.


domingo, 2 de octubre de 2011

Fiesta celeste

Me voy pal Cható. Ahora se llama el Kempes. Atrás queda la semana de trabajo en la carpintería del papi. El viejo dice que está con fiaca para ir. Fue dura la semana. Hubo mucho tronco que lijar, cosa que no me gusta y me desgasta. Eso sí, de nada me sirve renegar. El pa, que es un verdadero artesano de la madera y un docente de la vida, siempre me dice “hijo, a cada tabla usted tiene que mimarla, dejarla suave como pecho de dama, que la tabla parezca una manteca, y así verá hijito mío cómo, de a poquito, llega más trabajo”. Le duele la espalda y se quedará escuchando el partido por radio, tomando mates y acompañando a la mami.
Dejo mi semana de ansiedad. Es que ya me calcé la celeste que mi gorda me regaló para el cumpleaños. Nadie sabe –excepto ella- lo que llevo íntimamente: el eterno y agujereado calzoncillo celestito. Es la cábala. Cada vez que me olvido de llevarlo y perdemos me quiero morir. Pienso que perdimos por mi culpa. Al tiempo me parece zonzo ese razonamiento, pero realmente si no llevo el eslip y perdemos, por lo menos paso cinco días angustiado y puteánodme. 
Esto es lo que más me gusta hacer. Para esto ahorro buena parte de mis chirolas, es como un ritual, algo que me llena. Me pregunto si eso sentirá la Nona cuando va a misa. Me da pena. Es  bicha la Nona, graciosa, inteligente. A veces pienso que ahí le roban y le mienten. Pero la ma me tranquiliza, me dice que rezando la Nona se saca los miedos. Porque claro, la Nona es miedosa. Aunque claro, la Nona es miedosa porque va misa (y se piensa que le debe perdones y unos mangos al Señor). También es miedosa porque mira los noticieros.
En un Rojo me voy hasta el centro. Desde mi querido barrio Los Gigantes hasta la bajada en la General Paz. Voy parado, colgado de la baranda. En el trayecto, otras cuatro camisetas celestes –además de la mía- se suben al R. Ya me agarra ese cosquilleo... Hay jóvenes escuchando música con los auriculares puestos, será su forma de evitar el aburrimiento. Deben ser gainas, pienso.  Hay un par de señores (se ve que son laburantes) semidormidos, cabeceando por el movimiento de este bicho. También relojeo -mientras me subo un poco el jean y me acomodo la cresta- a un grupito de chicas que hace poco superaron la pubertad. Están alteradas, chillonas, con ropas ajustadas, sentadas al fondo. Sospecho se van para el parque Sarmiento a mirotear muchachos y fumar su primer cigarro.
Entre los cinco Piratas de este bondi intercambiamos miradas cómplices. Cada uno sabe que el otro está feliz, ya sumergido en el rito, soñando la fiesta. Estos cuatro culiados –pienso- son como yo, esperan toda a semana para esto. No sé cómo se llama esto. No sé cómo explicarlo, es muy interno, es como que me ilumina.  Lo único que sé es una cosa: esto es lo que más gusta.
Bajamos en pleno centro y sucede una extraña comunicación. Vamos hasta la plaza todos los piratas juntos y aunque caminemos rápido y sin hablarnos, estamos en comunión. Todos somos parte de una misma cosa. Transportamos eso que yo le digo “energía celeste”, que no sé cómo explicarla.
En la plaza San Martín ya están dispuestos los bondis. Algunos salen coquetos, rellenos de celeste, rebotando por el grito “el que no salta es una gaina, el que no salta es una gaina”.
Subimos junto con los pibes que venían conmigo en el Rojo, de pedo agarramos asiento. Me gusta esta parte del viaje hasta la cancha. No se puede creer cuánta gente con el mismo ardor se apelmaza en el coche. Es un vehículo de otro mundo, con una energía muy particular. Todos cantan, y el que no canta es de la T. Los que van parados usan el techo como bombo. “Belgrano, Belgrano de mi vida, dame una alegría te lo pido yo, ¿sabé, cómo io te quiero? que te ievo adentro, en el corazón”. Esa es viejita, pero mi preferida. Me gusta pensar mientras canto. Voy pensando, casi descifrando las letras, y con esa me siento tan identificado como si la hubiera inventado yo.
El bondi penetra el barrio Alberdi. Ahí sí que todo es celeste. Se respira Belgrano. Y me agarra esa pena por no jugar en el Gigante. Pero me pongo a cantar bien fuerte, como para ganarle a esa pena. Los autos van más rápido que el bondi, nos pasan y saludan con bocinazos mientras sus internos agitan banderas con la cara del Luifa o de Rodrigo.
Llegamos al estadio, realmente está precioso. Prefiero jugar en Alberdi por una cuestión afectiva, porque amo a mi cancha, pero no puedo ser tan zonzo de no reconocer qué lindo estadio es el Cható. Bueno, el Kempes. Esta vez, que  por fin la pegué con los bondis, estoy llegando temprano. Por lo general me gusta más llegar sobre la hora, así siento ese ruido, ese latido único que sólo las multitudes tirando para el mismo lado son capaces emitir, ese “murmullón”, como yo le digo. Pero esta vez llegué antes.
Tampoco es feo llegar por anticipado. El tiempo se pasa lento y uno va viendo, mientras canta (porque en la cancha siempre canta), cómo o cuánto se va llenando el estadio. En estos momentos me gustaría que mis ojos fueran una cámara de video así puedo acelerar el ritmo. Que los piratas copen la cancha bien rápido, veloces, como hormiguitas que llenan un hormiguero.
“¡Fresca, fresca, congelada la gaseosa!” pasa gritando una señora con los huevos bien puestos. La invitación es tentadora más allá del fuerte sol que derrite la frente y de los interminables partidos de reserva. Es tentadora porque ves esa garra de la señora, esa “fuerza de madre” (como yo le llamo), cargando sobre sus hombros el cajón lleno de gaseositas, entre tantos machos, grandes amantes,  según ellos. Levanto el brazo, le chiflo y grito “¡Señoraaa!”. Me ve la doña y escala algunos escalones. “¿Pesi o sevená?” me pregunta. “Sevená” le respondo. Saca la botellita y me la sirve en un vaso de plástico.
-Son $10 pesitos amor
- Aquí tiene señora, gracias-
“Fresca, fresca, congelada la gaseosa” sigue poniéndole el alma la tigresa. Me hace acordar a la mami, dejando el alma para darnos lo mejor y mandarnos a la escuela sin que nos falte nada. Se me fueron $10 por ella más que por la sed. Esta noche no tengo para invitar  a la gorda a la Grido. Será el finde que viene, que el Pirata juega de visitante. Pobrecita mi amor, me banca todas.
Pasan algunos minutos, ya estoy con poca voz. El hormiguero está casi repleto. El celeste le ganó al gris del hormigón. La gente canta cada vez más fuerte. Siguen entrando piratas ¡cuánto celeste culiá! Cierro los ojos. Me pone loco cerrar los ojos cuando la cancha esta así. Los dejo cerrados, bien apretados, por lo menos un minuto y puedo sentir todo. Esa energía celeste que no puedo explicar.
El “Bocha”  Houriet  canta en la radio del viejo de al lado que está por entrar Belgrano a la cancha. No tengo más nada que pensar. ¡Entra Belgrano! Y solamente quiero vivir esta fiesta mientras caen los papelitos y estalla el Cható ¡Esta es mi fiesta che, que alegría! ¡la fiesta celeste!.

fuente: http://www.soyceleste.com.ar/


sábado, 24 de septiembre de 2011

Arbolauto despertó una semiosis hasta memoria

Fotografía: Josefina Hernalz Boland


En Uruguay, estacionado, anda un auto abandonado.
Con cuatro ruedas, no sé si bocina, no tiene nafta ni contamina.
¡Es un vivero con cáscara de coche!
¡O un coche descochado que quiere respirar!

Fotografía: Josefina Hernalz Boland

Cruzando ríos, Argentina.
En Argentina –según refleja el multimedio-un ricachón, ¡caretón!, se va a votar en un rolls royce.
Una vieja se baja el calzón
Se va a votar en el camión que le lleva un bolsón.
El más digno es quien junta el cartón. (Esto no lo refleja el multimedio)
Sufre por su caballo, no sabe si va a votar.
Pero si lo hace es por convicción, le chupa un huevo lo del colchón.
Una doña camina treintaipico de cudras hasta la Iglesia, pa confesarse y dejar limosna
Mientras, el cura -que vive a la par del templo- se entera de sus intimidades
El cura le cura
Le cura los (¿o le mete más?) miedos
Le censura la sexualidad, y con la limosna tiene para volver a cambiar  el auto
Y por las noches sale en el cero y cae en las tentaciones que le prohibió a la doña.
Algunos dicen haber visto un Falcon verde
Con tres bigotitos paseando un viejito valiente.
Quien lo vuelva a ver que le pinche las gomas
Que recupere al viejito y les refriegue memoria
Eso sí que les estorba.
Refrieguen en los bigotitos, pa que olfateen bien la memoria
Hasta que estiren la patita
Si es posible en una celda
¡Que huelan memoria!
Si es posible (y retornando a los autos y a las rimas…)
En el carro lúgubre, en el coche fúnebre.